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Capítulo 1 – Las actitudes y comportamientos como el pan de cada día

Todas las mañanas, la mujer despierta en punto de las 05:00, gracias a su viejo y pequeño despertador azul. Las ojeras debajo de sus ojos delatan que al cuerpo le han faltado horas de sueño, sin embargo, una noche antes la mujer no pudo (o no quiso) dormir. Su mente estaba en otro lugar, pensando. Pensando. Tal vez sufra de insomnio o cualquier indicio de su reciente llegada a la menopausia. La semana pasada había celebrado su cumpleaños número 50, con un pequeño pastel, una taza de Nescafé, el mismo mantel de ocasiones especiales y cinco velitas de colores que significaban lo más atrevido del día. Nadie iba a poder ser testigo de tan importante evento. Las sillas del comedor se encontraban vacías al momento que la mujer soplaba las luces de las velas. Pensaba que tal vez hubiera sido mejor ir a cualquier restaurante y simplemente cenar como cualquier otro día. La alarma del despertador volvía a sonar, ahora indicando 15 minutos posteriores al sonido de la primera advertencia. “¡Qué rápido pasa el tiempo!”, murmuró.

Luego de un rápido baño con agua tibia, la mujer vestía el mismo uniforme de los últimos 20 años. Zapatos que cada vez perdían la altura que otros, de diferente marca, habían adquirido en su juventud. Mientras desayunaba solitariamente en su comedor, no pudo evitar recordar aquellos días en que cocinaba para alguien más. Un par de huevos con jamón, pan dulce y un vaso con leche, eran los alimentos que se acostumbraban a esas horas. Y él se lo agradecía con un “Te quiero”.

Esta vez no sonaría alguna alarma, pero el grito agudo de la vendedora de gelatinas que diariamente se emitía desde afuera le indicaba a la mujer que era hora de partir. Casi la mitad de los alimentos terminarían en la basura, o en el refrigerador, que para el caso significaría lo mismo, pues en un lapso no mayor a una semana, los efectos de la naturaleza la obligarían a deshacerse de ellos de forma similar. Para otro análisis se presentaría la mala alimentación que desarrollaba la mujer, consecuencia de un problema más complejo.

En el trayecto al trabajo, la mujer viajaba por casi toda la línea verde del Metro. Desde Indios Verdes, hasta Miguel Ángel de Quevedo, contabilizaba 18 paradas, tiempo que podría aprovechar para leer o dormitar, si contara con un asiento. Efectivamente, como todas las mañanas, los vagones de ese transporte almacenaban más cuerpos de los que seguramente están permitidos, no solo mediante las leyes de la física, sino de cualquier institución abogante a los derechos humanos.

La mujer veía los rostros de los viajantes. En casi el 95% de ellos, visualizaba sentimientos de molestia, angustia, desesperación, conformismo, tristeza y todas aquellas emociones carentes de felicidad. El 5% restante pertenecía al selecto grupo de viajeros que dormían en sus lugares. La mujer pensaba, por un momento, en las causas de los humores de sus acompañantes. En esa búsqueda, encontró algunas situaciones que reflejaban su actual estado. Cuando menos podía definir que ella, también pertenecía al primer conjunto.

Cuando la mujer por fin arribaba a su trabajo, dejaba atrás escenas dantescas que solo aquel que viaja en el Metro de la Ciudad de México, lamentablemente reconoce. Algunos de esos sentimientos se le pegarían como esponja, aunados al miedo e impotencia que le producía ese pequeño (pero a la vez eterno) espacio de su vida. Era increíble ver cómo la gente se transformaba en sus némesis, aflorando conductas y actitudes que emergían de su inconsciente. Una de las escenas que más se quedaría grabada en la memoria de la mujer, por su grado cinismo, era aquella en la que ingresaba al vagón una mujer de avanzada edad, soportando la carga de los años con un viejo bastón, mientras los “afortunados” viajeros, rápidamente simulaban el mejor de sus sueños para no ceder el asiento, incluyendo los destinados a ese sector de la población. Por supuesto las peleas físicas y verbales, el alto estado calórico, los malos olores, la conglomeración, las eternas fallas eléctricas, el acoso sexual, entre otros abusos, completaban el anecdotario de situaciones existentes, como sacadas de cualquier película del Holocausto.

 

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